lunes, 26 de noviembre de 2018

Sasha y su primer Gang-Bang

El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse.                                                       Friedrich Nietzsche


Según ella, destilaba ambrosía como la de su icono Brigitte Bardot. Esperaba sentada, con su postura don't touch me y sin ropa interior. Observó de forma kinki el lugar; pensó en el CrossFit, el veganismo, el aleluya light, el sexo ecológico, el Kama Sutra, en su libro favorito Venus in Furs; pensó también en su expareja, un badboy con la mirada de lobo Amarok, hardrinking y junkie, quien en cierta ocasión le regaló un dildo con forma de cruz invertida. Intentó no pensar más en él —a fin de cuentas, al cabrón sólo le importó penetrarla por todos sus orificios; cero ternuras—; pero le resultó imposible. En su memoria brotó la frase Uno tiene que buscar a alguien de canon menor al de uno, para resaltar la belleza, que en reiteradas ocasiones él pronunció.        El maldito DDboy tiene razón, se dijo. Cuando está pedo yo luzco preciosa, pero su sobriedad me hace ver espantosa.         —Jodás, si creciste viendo Jersey shore, Sixteen and pregnant, Jackass, escuchando a Paris Hilton, y ahora resulta que querés ser una puta Kardashian… cométe un tambo de mierda— le dijo en cierta ocasión DDboy.         Recordó cuando él asaltó a sus amigas: salí con ellas del café a las 4:30 pm, yo las atraco en el parqueo, con un pasamontaña; y no te preocupés por tus cosas, te las voy a devolver. Recordó además el último mensaje que le envió por WhatsApp: Mirá, ahora sólo pienso en la persona de turno que me toca encontrar.         Fui su perra, se dijo, y se le agüitaron los ojos. Luego se reprochó las lágrimas, sacó el smartphone de su bolso Hobo con detalles lencas, se tomó una selfi y la subió a Instagram junto a la frase Sexthing babe. Los followers, alborotados, le enviaron memes sexuales hasta que todo aquello acabó en aburrimiento; por otro lado, la escena le pareció un Déjà vu.        Leyó su horóscopo, miró la imagen del cielo estrellado en la App; quiso ser la luna y ser violada por todas las estrellas. De pronto intuyó que alguien se aproximaba, así que alzó la vista hacia los árboles de acacia, y resultó que sí, una silueta se veía a lo lejos, irreconocible. Bajó su rostro, sonriente, ocultando su oscuro libido, y gracias al níquel de la silla comprobó que la silueta que se acercaba era la de un hombre que llevaba puesta una corbata naranja, su color
favorito. Tomó el zippo y comenzó a jugar con la llama hasta que decidió encender otro cigarrillo.         Se encontraba en el Ducond, un lugar minimalista que ofrecía ese hermoso panorama. Descruzó las piernas para cruzarlas de nuevo y recordó a su padre; odiaba el hecho de llevar su mismo ADN; un papi hardcore que preñó a todas las empleadas que contrató su madre.         —Vos sos mi princesa maya. Quise llamarte Ixchel, como la diosa del amor— le dijo una vez.        Sin embargo, se convirtió en una mujer efímera y light, un serum del placer; sus piernas lesgeleven eran símbolos de estética moderna, sus ojos eran chispeantes y ardientes y su garbo destilaba arrogancia; sus pechos eran pequeños, pero de una circunferencia precisa, y su culo tenía la forma de una vasija china; ahora no era sino una depredadora sexual, una mantis que decidió jamás ser como su madre.        Terminó el cigarrillo y tomó un sorbo de agua. En ese instante pensó en que jamás había experimentado una doble penetración, así que sonrió de forma pícara, luego cantó, modulando su voz: You can talk to me/You can set your secrets free, baby/Dusty words lying under carpets…        Recordó a Valery, que fue su sweetheart en la escuela, una niña impresionable, pero ahora estaba fuck up, prófuga, con una orden de captura por asesinar a su exmarido —sólo Sasha sabe que ahora Valery sobrevive en el este de Europa trabajando como stripper—. Igualmente pensó en Stephan, a quien conoció por craiglist, en Miami, Florida, y que para aquel entonces colaboraba en la industria porno Evil Angel; Stephan era un tipo atrayente, pero a fin de cuentas un tipo que le hacía recordar al desgraciado de su padre, era una versión kaputt superhedonista, con técnicas para dominar la sexualidad extrema no convencional. Con el tiempo se volvió director de cine porno, y creó un género al que denominó Gonzo Caníbal.        Cuando lo conoció, Stephan llegó a la celebración de los AVN llevando de la cintura a dos rubias de origen germano. Se acercó a la pista de baile y comenzó a menearse como Cantinflas, entonces miró a Sasha, que mordía la pajilla del Martini.         —Sin rodeos, muñeca: ¿Te gustaría hacer un Gang-Bang?        Stephan pudo preguntar, ¿Sos estúpida? Y Sasha habría dicho que sí. Las feromonas del ambiente la cegaban, la taladraban. Stephan la tomó del brazo y la llevó hasta la pista de baile, donde ella demostró ser mejor moviendo el culo que las alemanas.
       —¿Hablas alemán?— preguntó Stephan, hablándole al oído.         —Me gusta todo lo white trash— dijo ella, alegre. —Alle wollen nur, dich zähmen, amour amour…        Horas después, Stephan le explicó de qué iba la escena.         —Primero, se la chuparas a todos. No importa el orden, eso es cosa tuya; pero eso sí, escupe los penes, juega con tu saliva— dijo Stephan, haciendo movimientos de director de orquesta—. Segundo, di cosas obscenas, sucias…          El discurso de Stephan se estancó por el ring-ring de su smartphone. Cuando colgó, miró cómo el tipo negro, el más corpulento, tomó de la nariz a Sasha y le dijo:         —Descuida, es para que caja toráxica se expanda.        —Sí, descuida. Él es quien tiene la cock más grande del reparto— dijo Stephan al ver el agravio en el rostro de Sasha.  —Ah, recuerda que te van a dar por el culo— prosiguió, y luego cogió de nuevo el teléfono.         Sasha miró en el espejo sus ojos ardientes, sus pechos; tomó uno de ellos y lo lamió. Recordó los días en los que los chicos de su escuela le subían la falda, sus rostros al ver su ropa interior. De nuevo pensó en Valery, en las bromas que le hacía; en cierta ocasión contrató servicio de strippers, los que a fuerza la metieron en una camioneta y se frotaron en ella. Asimismo, desempolvó el sexo con DDboy, sumergidos en el bosque, al lado del árbol de jícaro. En aquel entonces para ella todo aquello era sexo ecológico.         Se despegó del espejo e hizo un pequeño performance: tomó la pequeña botella de agua y trató de meterla hasta su garganta; pronto se dio cuenta de su estupidez y se trató de naif; estaba ebria.         —Ok, es hora, Sasha— dijo Stephan cuando entró al camerino, como un rayo.        Estaba nerviosa, como cuando su padre la encontró en su habitación chupándosela al ex de su hermana mayor. Ella terminó la discusión con su padre gritándole: soy como vos.        Salió del camerino, maquillada por su cuenta a falta de estilistas. Eran seis los cabrones que la esperaban mientras se frotaban sus miembros, ansiosos.         La cámara comenzó a rodar. Sasha musitó, gritó, volteó los ojos, maldijo a los dioses con su rostro de daño y placer; pedía más, más y más, y por un momento olvidó la cámara y gritó: ¡Gracias, Stephan! La cogían del cabello y le gritaban: ¡Chúpala, perra! Hasta que todo terminó cuando todos vertieron su milk sobre ella; sintió los chorros en su boca y enseguida creyó que la viscosidad era un néctar sagrado;
hizo gárgaras. Pedro, el camarógrafo, hizo zoom a su rostro y ella tragó la esperma, sonriendo como una niña inocente.         Su primera escena porno fueun Gang-Bang. Le resultó inevitable sonreír como una niña caprichosa. El tipo con el cock más grande, luego del rodaje, le murmuró algo al oído.        Una hora después, luego de una larga ducha, se dirigió al Ducond. El éxtasis en ella era profundo, no había regrets, ningún dios definido o modificado; no había hardfeelings. Miró a una pareja entrar al lugar, sonrió y corroboró la hora en su reloj Givenchy. Drei minuten von acht, se dijo, y su corazón se aceleró al ver la proximidad del tipo de la corbata naranja, el negro con el miembro más grande.        —Wie geths?— preguntó él.         —Serh gut— dijo ella, alegre. 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Paco (Dar Darkos Barahona)

                                                                            


PACO (Novela) 

Enarcó una ceja. Estaba triste y cansado. Sentía que se iba para un lugar mejor, como si un inmenso imán lo arrastraba, es mi cinturón, se dijo y notó que venía en el lomo de Rosita, la mula de Paco. “Rosita”, exclamó ya sin aire; ahí aprendió a cabalgar, su hermano le enseñó. Advirtió que su hermano llevaba a Rosita de las riendas, su hermano guiaba el camino… “¡Es terco!, le dije que no se metiera a eso, ser presidente no, mire como se desangra...  pero es necio, claro, es un Paco”, reclamó el hermano mayor y agregó: “ahora a ver qué hacemos Paquito, adónde nos esconderemos, porque aquí seguro nos encuentran”.




Los secretos 

Al mirarme al espejo, 
¡cuán cambiado estoy! 
No me conozco ni yo mismo; 
tengo los ojos de mirar cansado,
algo del miedo del que ve un abismo. 
Juan Ramón Molina

La madura pareja se abría paso entre bohemios, travestis, extranjeros, paparazzis, viudas, gays, drogadictos, lesbianas, gigolòs, periodistas, artistas y jóvenes-carnavalitos de dudosa presencia, que bailaban y cantaban himnos modernos, tropicales y mediocres. Los vestuarios y cortes de cabello no se diferenciaban mucho entre sí; todos miraban sus smartphones como si fueran la nueva extensión de sus cerebros, todos online, todos sintiéndose los nuevos dioses del Olimpo de las redes sociales. Entre los mayores, solo el color de sus camisetas polo o el blazer ajustado a sus cuerpos, les hacía lucir como un punto y aparte. Él sonreía como rey europeo –pese a sus rasgos, arquetipos y orígenes indígenas–, porque pronto sería el presidente de la República. Era sureño; acomodó el sombrero, sonrió y saludó, sus ojos estaban casi cerrados resaltando las patas de gallos, causadas por una botella de whisky al día y dos paquetes de cigarros, de vez en cuando esnifar para sentirse indestructible, comer costillas de cerdo con salsa de almendras o paella española hasta el hartazgo. Su hermano mayor, Paco, siempre lo puteaba por lo fantoche que era, y al recordarlo sintió escalofríos por aquel episodio de su niñez: el sonido del machete impactando en el rostro de su progenitor, inmediatamente se puso a silbar para evadir la escena. Sin duda, ese episodio marcó su vida y lo unió al iracundo y testarudo de su hermano, ya sea como bendición o maldición, pero es obvio que Paco debió hacer el mayor sacrificio al cuidar de él. Alguien interrumpió su pensamiento al gritar “¡Ese es mi gallo más gallo!”, que era su slogan de campaña. Miró a su mujer y pensó de no ser por mis artimañas, no estaría conmigo. A su lado ella lucía cansada y sumisa, pero cuando él no estaba irradiaba
energía y belleza. Y sí que su belleza era perfecta: era 6 centímetros más alta que él, su coeficiente intelectual también era superior, sus pechos eran grandes, de cuerpo voluptuoso pero bien proporcionado y la barbilla era prominente y estrecha, dándole una refinada forma puntiaguda, no muy común en su país. Pero junto a él sus ojos confirmaban que tiempo atrás había muerto el amor. Ella caminaba detrás de él, sintiéndose sumamente ridícula y mediocre por divagar en ese sórdido y oscuro lugar, que aun así era el más “inn” de la ciudad. Por momentos arqueaba las cejas y veía alrededor preguntándose si a su hija le gustaban esos lugares, pero se dijo ella salió más a su padre, sobrevivirá, aceptando lo inevitable. Un paparazzi salió a emboscarla con sus flashes, pero lo esquivó. Faltaba mucho tramo para llegar al estacionamiento, él caminaba errático, como si la acera se bifurcara a cada paso que daba. Ella intentaba ocultar la vergüenza. Siempre detrás de él, se dijo molesta, y frunciendo con amargura el ceño se reprochó por haberse convertido en la típica mujer latina que se enamora hasta de los desplantes y engaños del marido. Pero la mayor amenaza era el silencio que los emboscaba, era evidente: estaban aburridos de soportarse. Con una voz etílica él le dijo:

―Sé que no te gustan estos lugares.

―Es que tengo miedo… ―gimió y haciendo una pausa recordó a su hija, mi hija y su blog pensó evocando el momento en que la joven le mostró sus emociones a través del blog. Se miraba tan feliz, se dijo y continuó:

―… miedo de quedar tan jodida como esta gente –mientras miraba a dos damas de espalda fuerte peleándose. La madura pareja desapareció de aquel extraño lugar. Ella volvió a su silencio y él a su retorcida mente; casi no parpadeaba y sus pupilas estaban dilatadas, tan solo sonrió y le tocó las partes íntimas a su mujer de una forma tan lasciva, que ella lo insultó como si fuese una mercadera. Entró al auto carcajeando y lo encendió, ella se subió muy enojada y repitiéndose lo voy a dejar, lo voy a dejar. Acomodó su cabeza en el lujoso asiento del sedán e inmediatamente cerró los ojos como señal de ausencia y desprecio, pensó en alejarse de
él, trabajar y valerse por sí misma. ¿Por qué no lo dejo?, se preguntaba y continuó: Todo me ha sido gratis y este es el precio que tengo que pagar, al tiempo que recordaba sus días de juventud. Recordó las fiestas de su prestigiosa school o cuando fue la reina del “prom”, a su mente vino uno de su ex, Alexander se dijo y recordó cuando hicieron el amor por primera vez en la parte trasera de su negro beetle; era su favorito y con quien pensó se casaría. Luego rememoró que él se fue a Boston y ella a una “uni” de Houston. Esos eran buenos tiempos, se dijo, al recordar que con sus compañeros de universidad se fueron de excursión a China, justo una semana antes de las vacaciones de verano. Ahí se enamoró de un mesero sirio, al que después llevó a Honduras, pero su padre se enojó y le dijo con furia: “Estudiá para tomar las mejores decisiones de tu vida, no estoy invirtiendo tanto para que te convirtás en un estercolero: se nota que él te está utilizando”. Tenía razón concluyó al recordar que Abdul era un vividor y su padre, un hombre sabio.

*** 

Él conducía con un cigarro en la mano. Cada vez que se detenía la observaba, por lo que su escolta debía estar alerta, ya que cuando se embriagaba el ministro era como un niño perverso. Aceleró como un adolescente endemoniado; ella lo ignoraba e iba fantaseando que le quitaba la camisa a su amante. Las luces de los automóviles se reflejaban en sus ojos incrementando la fantasía, de repente cerró los párpados con una mezcla de amarga y dulce emoción. Observó la habitación detalladamente: dos copas vacías en el suelo, los pebeteros destilaban aromas a chocolate y nueces, la ropa interior sobre la cama y su joven amante murmurándole al oído derecho “te quiero”.

―Llegamos ―dijo su marido deteniendo el sedán y sacándola del trance. Ella lo recordó antes de ser ministro, cuando vivieron de forma humilde pero reían sin pensar nada más que en el placer de estar juntos; quién iba a pensar que todo acabaría en una temerosa y débil mudez.

―¡Qué esperás mujer! ―le gritó. Ella tan solo se estiró el vestido y recordó a su amiga Rosemary, luego se lamentó porque la secretaria de su marido era también la amante y por la supuesta bisexualidad de éste, pero esos penosos episodios la hacían sentir muy confundida.

―¡Por fin! ―exclamó y tiró con furia la puerta del lujoso sedán, maldijo mentalmente a su marido y pensó hoy es sábado sintiendo una inmensa paz al ver que se marchaba como todo un inmaduro. Le voy hablar a mi chico, a mi Edwin, quiero que me folle se dijo y recordó cuando la agarraba con fuerza del cabello y le azotaba las nalgas.

―Este hijo de tantas se va a ir a emborrachar y a saber con quién se termina acostando ―dijo suavemente mientras entraba a la residencia.

Recordó cómo la follaba su amante. La táctica era ir al estacionamiento del mall del centro, pasaba recogiéndolo y luego iban al mall en la salida al sur, aparcaban y se montaban en otro auto rumbo a un pueblito o el apartamento de él. Puso la cartera en el sofá, se sintió seductora y tocó el terciopelo de color ámbar. Deliró, volvió en sí y observó la chimenea artificial, tomó su smartphone y le marcó a Edwin, pero colgó al recordar que su hija no tardaría en llegar. Se quitó los kitten heels recordando a sus fantasmas (sus padres ya muertos), y de cómo les gustaban las joyas, recordó aquel diamante Ballas que le obsequió su padre por la culminación de sus estudios universitarios, pero que de nada le sirvió terminarlos antes de tiempo pues solo era un adorno más en la casa. Estaba a punto de llorar, pero la tomó por asalto el recuerdo de su marido: ese mismo día le propuso matrimonio obsequiándole un anillo con un falso diamante Regent, este matrimonio nunca tuvo un buen augurio, se dijo mientras pensaba en lo iluso que fue él pues ella podía diferenciar entre un Regent original y un falso. No quiso encender las luces de la sala porque llamaban mucho la atención, en lugar de eso tocó la app para encender las lámparas Jacob de Baan, cuyo diseño le recordaba las bocinas woofer. La iluminación amarillenta de esas lámparas la produce un estado sexual y relajante. Se sentó en el mueble mientras meditaba que cuando su hija era bebé,
ella y su marido hacían el amor en todos lados, luego sonrió al recordar a su amante desnudo y se dijo:

―Él tiene 23 y yo 40 ―trazó algo en el mueble y al cerrar los ojos sintió que su amante le acariciaba los labios―. Soy una milf ―sonrió―. Si supieran mis amigas, nunca lo creerían ―dijo abriendo los ojos.

*** 

El travesti lo vio y deseó que él también lo viera, pero el señor carcajeaba con sus colegas. Decidió ir tras él. Con sus fuertes y definidos brazos, el travesti apartaba a todo aquel que se encontraba a su paso; las jóvenes anoréxicas y aún las señoras voluptuosas sentían haber impactado con un muro. Cada tres pasos estiraba la falda roja de cuero sintético, que la hacía sentir espléndida y deseada, pero debía apurarse porque él se marchaba del lugar. Subió las sucias gradas a toda prisa, sin importar que descubrieran su secreto, lo tomó del brazo sintiendo que dibujaba la cama donde harían el amor y con voz afeminada y alterada, le dijo:

―No creo que te acordés de mí, ¿verdad, sugar?

―No ―le respondió carcajeando.

―¡Ese es mi gallo más gallo! ―gritó el travesti y preguntó: ―¿esperás a alguien?

―No ―dijo mientras se empinaba el trago.

Tres señores se acercaron hasta donde él se encontraba, en el bar de la lujosa terraza donde a veces miraba las luces de Tegucigalpa sintiéndose el futuro amo de la ciudad. Le explicaba al travestido cómo le gustaban las mujeres, y éste le contaba cómo le gustaban los hombres, mientras él sonreía descaradamente y denotaba una embriaguez de varios días. Los tres confundieron al travesti con una mujer; uno de los señores vestía elegante y los otros dos llevaban ropa
sport, el más anciano usaba una hoodie amarilla, pero todos tenían apariencia de sátiros, tranceros1, pijineros2 y llenos de botox y cirugías. Él se estrechó en un efusivo abrazo con cada uno de ellos. El anciano, que era un general retirado y que en sus tiempos mozos usaba las tácticas de la camorra italiana y de los kaibiles chapines, le sonrió coquetamente al travesti, pero al notar que estaba en amena conversación con el ministro, le acarició una nalga para llamar su atención.

―¡Sugar!, pero si yo vi que viniste con tu esposa ―le susurró ella al oído.

―Sí, pero ella se fue… ¡ey, dale un trago! ―le gritó al bartender.

El otro que vestía sport se acercó al ministro y murmuró:

―Dicen las revistas del corazón que te estás divorciando, porque sos un sinvergüenza.

―Necesitan vender ―respondió con recelo.

Él miró al ex general y pensó viejito pícaro. Recordó que fue el estratega del golpe de Estado de 20 años atrás y que cuando esnifaba demasiado sólo decía bordaberrización *3. Luego se preguntó si su hermano Paco hubiese entrado al nivel educativo del que se sentía tan orgulloso de pertenecer.

―Entonces recordá: la cotización más cara ―interrumpió el que vestía elegante, que era el más atractivo de los tres y haciendo afeminados ademanes, continuó: ―la más cara que podás darle al cemento, al equipo médico y las ambulancias, no se te olvide.....


1 Estafadores. 

2 Fiesteros. 

3 En 1971, Juan María Bordaberry fue electo presidente en Uruguay, pero en 1973 se dio un autogolpe de Estado con ayuda de los militares. 


―Ok Rafa ―dijo el ministro.

Nunca lo confesó, pero lo que le llamaba la atención de Rafael era su porte elegante: usaba trajes Hugo Boss y humectantes Carolina Herrera, perfumes Givenchy, zapatos Prada, iba al gym capitalino más “inn”, era fanático de las bikes Trek y tenía un Triaxx de carbono de la Imersion Coralig’n para hacer deporte subacuático; era un apasionado de la fotografía y en la app Tinder buscaba los complements necesarios para satisfacerse sexualmente. Pero su mirada dibujaba recelo a fin de espantar la energía negativa, y usaba un sensor solar alcione para diluir el enemigo interior, eliminar memorias temporales de los anillos del ego y reducir la obsesión por decirle a los demás qué hacer. Además, siempre llevaba oculto un rosario de Nuestra Señora de Lourdes que, según contaban, el padre de Rafael lo encontró a orillas del río Gave de Pau, cuando estuvo en Francia, y se lo dio como un tesoro familiar.

El ministro vio al travesti acercarse con su smartphone en la mano y gruñó:

―No, no, no, nada de fotos.

―No sugar, solo estoy tomándome una selfie y de paso viendo mi maquillaje ―le respondió.

El anciano carcajeó y prosiguió el tema del desvío de fondos:

―Además es una donación de un país poderoso ―hizo una pausa para ver el trasero del travesti y agregó: ―si se dan cuenta nos cortan la ayuda, nos van aislar ja, ja, já… pero estar aislado es bueno, aprendés a conocerte ―tosió―, ¡cero confort! Cuando estuve aislado, o más bien, cuando me aislaron ja, já, aprendí a sembrar, cocinar, vender, negociar… ¡maldito el que no tenga necesidades!, yo vengo de orígenes humildes… mucha gente me humilló, sufrí hambre ―reclamó.


―Pues hombre, general, eso fue hace tiempo… ahora a gozar ―dijo Rafael

El ministro solo pudo pensar: este general ya está bolo, fijo anda en coca para hablar así.

―Je, jé, recuerde que el Estado será el aval, no pondremos ni un cinco ―agregó Rafael para sacar al anciano de sus afligidos recuerdos.

El ministro no pudo evitar comparar a Rafael, un gay cosmopolita, con el anciano: un general energúmeno, iracundo, violador, tramposo, egocéntrico y tirano, que provenía del interior del país, con una ambición insaciable por demostrar que había superado sus orígenes. También recordó la vez que Rafael le dijo que cuando el general era guardia presidencial de su padre, quería imitarlo, “repetía mis frases, intentaba vestir como yo… yo le hablaba de la guerra demente de Paraguay contra Argentina, Brasil y Uruguay… le mencionaba puntos importantes de Napoleón Bonaparte contra los egipcios… le aconsejaba que no hay que estancarse, que hay que estar atentos… pero cuando descubrió que soy gay se alejó, tal vez porque él también lo es, y se hizo de la izquierda caníbal”. 

―¡Ahhh!, papuchos sugars, ¿ustedes también son políticos? ―interrumpió el travestí emocionado, sacando al ministro de sus pensamientos.

―Sí mi amor ―respondió el anciano agregando: ―¿acaso no me reconocés?, yo soy el que mandó aquél al exilio, ja, ja, já.

―Es cierto sugar, pobre bigotudo ―acotó el travesti.

―Si querés ya te mando a Colombia a ponerte tetas y culo ―ofreció el ex general, pero el travesti solo sonrió.

El ministro se quitó el sombrero y se lo dio al travesti.

―Sugar, yo sí votaré por vos, ¡mi gallo más gallo!

―No, nada de besos ―dijo y se percató de la nariz semítica del travesti, sonrió y lo abrazó, dejándole impregnado su aroma sobre la blusa.

Rafael se acercó rápidamente y le murmuró “vos sos el más gallo” y se dirigió a todos diciendo:

―Y recuerden: una corrupción no compartida se convierte en ilegal…

Él solo lo vio a los ojos y esbozó una sonrisa, vio cómo se alejaban sus tres amigos y de súbito saltó a su memoria el día en que violaron por segunda vez la Constitución de la República, vio cómo quemaron la embajada de EE. UU. en respuesta por la inventada extradición y secuestro de un supuesto capo de la droga, su sonrisa se amplió al recordar aquel enviado de la CIA que le entregó aquella enorme suma de dólares, ¡puta!, se dijo y quedó como hipnotizado viendo el fondo del vaso.

―Papucho, el que se ríe a solas es porque se acuerda de sus diabluras ―interrumpió el travestido.

―Los rasgos de tu cabeza me dicen que sos sureña ―interrogó el ministro.

―Aahhh, ¿del sur yo sugar?, noooo, yo soy de aquí.

―Olvidalo ―dijo y recordó cuando Will Hahnemann secuestró aquel avión estadounidense, qué güevos de cabrón se dijo aplaudiendo en su mente aquella hazaña, miró fijamente al travesti a los ojos y preguntó:

―¿Cuántos años tenías en 1970?

―No había nacido sugar ―le respondió.

―¿Sabías que en ese año una palestina y un nicaragüense intentaron secuestrar un avión israelita y los cabrones andaban pasaportes hondureños? ―dijo con orgullo y tomó un amplio trago.

―¿Como la picardía del chinazo4? ―interrumpió el travesti con una maliciosa sonrisa.

―Shh, shhh, algo así, por ahí viene la estructura ―dijo el ministro poniendo su dedo índice sobre los labios del travesti.

―No hablemos de esas cosas, mejor hablemos de nosotros sugar.

El ministro pidió otro trago al bartender y recordó la milpa de donde descendía. Pensó en su adn, cómo le costó adaptarse a la opulencia; recordó a su padre, un indio puro, terco e irascible, y pensó en que su hermano Paco era insuperable con el machete. Pero no pudo evitar recordar aquel día que marcó su vida. Era un niño cuando vio a su padre morir, desangrado, primero vio el corte en el rostro, luego la profunda herida en el cuello, seis años se dijo y vio la sangre de su padre, lo abrazó, papi, sollozó y vio su camisa blanca teñirse de rojo. Cerró los ojos y miró al tipo alzando el machete, su fría mirada lo aterró y sintió que también lo mataría de un machetazo, papi pensó y entonces el tipo impactó el machete en las mazorcas cercanas y gritó “hijos de puta”, luego se marchó. Él abrazó con sus pequeños brazos a su padre, mientras agonizaba. Recordó a su hermano Paco tomando justicia por sus propias manos: le dieron 5 años de cárcel; salió más frío, resentido y distante. Por orgulloso no tiene nada se dijo y recordó que Paco siempre le decía que era un lameculos, alucinado 5 y que dejara la política, “eso te va llevar a la ruina”, le dijo ese día cerca de aquella poza donde siempre nadaban.

***

Se sentía tan sola y frágil que recordó la advertencia de su padre: “mejor no te casés”, intentó llorar pero de qué sirve, se preguntó. Se levantó del sofá sin perder la elegancia y quiso ver la tv, pero desistió al recordar lo mucho que le fascinaban los diseños de Giorgetti y las joyas con motivos lencas y mayas. Fue a la puerta corrediza que conectaba con el jardín y la piscina, la abrió e inmediatamente sintió la ráfaga del viento pegando en su pecho, ¡no! se dijo cerrándola de nuevo, y fue hacia la chimenea. Alzó la mirada hacia la pintura de aquel extraño pintor que la intentó seducir, su marido la había comprado porque era un pintor de moda. Sintió una pequeña descarga en la parte trasera de su cabeza, quedó estática por unos segundos y se preguntó: ¿será que mi amante está pensando en mí? Caminó, pero cada paso que daba la hacía delirar, así que se recostó en el mueble, cerró los ojos imaginando que estaba en un aeropuerto, sentía paz hasta que el pulso se aceleró. Decidió ir a darse una ducha y usar el sistema de cromoterapia. Con el jabón líquido acarició todo su cuerpo, sentía cómo las yemas de los dedos la arrastraban al deseo. Entreabrió sus piernas y sumergió su mano derecha, su pulso se enloqueció, sus pezones pedían ser succionados y acariciados suavemente, con la mano izquierda frotaba sus pechos mientras imaginaba que estaba en un avión a punto de despegar, anheló sentir el sudor de su amante y que la llevara a los más degenerados lugares, se obsesionó con sentir su cuerpo desnudo y tuvo la sensación de que era arrastraba por un viento fresco, pero cuando estaba a punto de partir su smartphone sonó cuatro veces, “¡mierda!”, gritó. Tomó el aparato con alegría y un oscuro nerviosismo que la hacía recordar su adolescencia, cuando los cigarros eran más sabrosos a escondidas, es él, pensó, pero notó que era de un número desconocido.

 4 En 1992 el gobierno de Rafael Callejas aprobó la Ley para la Naturalización de Ciudadanos Orientales para, supuestamente, atraer inversionistas chinos al país y fortalecer la economía; según cifras oficiales, dos mil personas compraron documentos a unos 3 mil dólares por persona. Tres años después, Callejas y su gabinete fueron denunciados por la venta de nacionalidad hondureña con pasaportes falsificados a millares de inmigrantes chinos, cuyos precios iban desde los 25 mil hasta 150 mil dólares. 

5 Creído. 
(Un par de paginas :)  #xibalbastar )